Por RanXeroX:
Un día cualquiera de la hasta ahora tu anodina vida,
paseando por la calle, navegando por Internet, leyendo el Hola o tomándote una Mirinda en
el bar cutre de la esquina, eres tocado, contagiado, por la Fiebre del Pinball. Esta
enfermedad, poco tratada en los libros de medicina, no tiene cura conocida, se está
experimentado con técnicas de realidad virtual combinadas con pepitos de lomo con
pimiento verde y cebollita, pero los resultado no acaban de llegar.
La Fiebre del Pinball empieza siempre igual: "anda,
mira, no sabia yo que un pinball se pudiera tener en casa, pero este menda tiene uno y
dice que es divertido" es el denominado técnicamente "beso de la muerte pinbalero" o, en vulgo, "la'scagado tío".
Los primeros minutos son básicos, o justo en ese
momento mete un gol tu equipo de petanca o pasa por la calle una mujer de escote hasta el
ombligo, sino llegará la siguiente pregunta "¿y si yo,,,?". Las
defensas caen rendidas si llega la auto pregunta definitiva "¿ligaría yo mas si
tuviese un pinball en mi cuarto?". La víctima es ya irrecuperable, ya solo le
obsesionarán dos cosas, tener un pinball en el dormitorio y los bocadillos de lomo.
A partir de este momento, el perjudicado interfecto solo
tendrá un objetivo en la vida, conseguir un pinball pasando por encima de quien sea.
Los efectos secundarios son inquietantes, el sujeto
empieza a rondar los recreativos, a hostigar a los encargados, a llamar a los operadores
por teléfono para hacerles comentarios soeces sobre su forma de no-mantener un pinball en
condiciones. Sus extremidades sufren un proceso metamórfico, se adaptan rápidamente al
nuevo medio. Las manos se convierten en ganchos de acero, de una sensibilidad exquisita
para apretar los botones y menear mesas, pero con una brutal fuerza inhumana para dar
collejas al operador distraído cuando se agacha solo para sacar el cajetín de la
recaudación.
En las primeras etapas de la fiebre, el enfermo se
provee de un equipo de herramientas que se convertirán en extrañamente imprescindibles
para él:
-
Monedas de 500 pelas y 20 duros, que le harán un extraño bulto en el pantalón, con la
agradable consecuencia de que las mujeres le miran mas por la calle.
-
Cinta métrica, después de pasarse años diciendo que el tamaño no es lo importante,
pasará a vivir con una cinta métrica de 5 m de longitud colgada de la muñeca, midiendo
todo aquello que se ponga a su alcance, desde la paciencia del portero de la finca hasta
la puerta del cuarto de baño, por si acaso.
-
Páginas amarillas y callejero, sobre todo la sección de 'máquinas recreativas' que
llegará incluso a arrancar y plastificarlas para que se conserven mejor.
-
Teléfono móvil y tarjetas de presentación, que empezará a repartir por todos
aquellos lugares que alguna vez hayan olido un pinball.
-
Internet, el zoco del siglo XXI, se sabrá de memoria todas aquellas direcciones donde
se pueda encontrar un pinball en venta. También le servirá como lugar de encuentro con
otros enfermos con lo que podrán hacer sesiones en grupo para la desintoxicación
("Hola, soy Pepe y soy un pinbalero"), aunque esto no producirá que la
enfermedad remita, sino todo lo contrario, se hará mas virulenta, con el peligro añadido
de nuevos contagios.
Llegados a la fase "Mami,
quiero un pinball" el sujeto se convierte en un alma en pena, babeando ante
cualquier pinball que se encuentre. Otros efectos que se han detectado es que deja de
tener sueños húmedos que son sustituidos por orgías de pinballs. Una de las pesadillas
que mas se repiten en los expedientes estudiados, es la de aquel que le ofrecen la
oportunidad de salvar un solo pinball de los 50 que se van a desguazar siempre que se lo
lleve antes de 5 minutos, el individuo termina por llevarse arrastrado como puede el
pinball mas cutre y estropeado que puede encontrar. Convertido en un desecho, en un
despojo de nervios, solo le queda una cosa por hacer, adquirir un pinball. Para ello
mentirá "de verdad que ocupa muy poco", prometerá y jurará en falso
"ya veras! Te dejaré jugar y además es muy útil, incluso sirve como tabla de
planchar" y se convertirá en un ser inaguantable para los que le rodean. En
este punto, solo hay una opción de recuperarle para la sociedad, DEBE tener un pinball,
solo de esta forma podrá volver a ser algo parecido a lo que era antes.
Aunque los estudios no son definitivos y no todos los
sujetos sufren las mismas etapas, se puede afirmar que la línea de comportamiento es muy
similar, con grandes cambios de ánimo y de comportamiento según va avanzando la
enfermedad.
Después de la fase, "mami,
quiero un pinball", suele llegar la de "¿qué
pinball quiero?" Hay enfermos que superan esta fase con cierta falsa
facilidad, la obsesión les bloquea el cerebro. Francamente perjudicados mentalmente solo
son capaces de pensar en un modelo o en una marca en concreto: "quiero una Inder,
quiero una Inder" o "viva JP!". De caer el individuo en esta
obsesión, mejor pegarle en tiro en la nuca para acabar con el sufrimiento, según van
pasando las fases terminan desarrollado un humor negro negrísimo. Pero generalmente el
pinbalero en sus primeras fases, no muestra una preferencia muy marcada sobre algún
modelo o marca, si la máquina tiene bolas y se enciende, ya le sirve.
De todas formas pensará, pensará y mucho. Utilizará
sus 5 neuronas habilitadas (dos para controlar los flippers superiores, dos para controlar
los inferiores y la 5ª para meter la moneda) para documentarse, hacer llamadas
telefónicas a otros pinbaleros, incluso para escribir e-mails. Hará listas de posibles,
listas de imposibles y hasta listas de boda... pronto será tal su confusión, que su vida
de diario se verá afectada, llegando a ser incapaz de tomar cualquier tipo de decisión.
En esta fase mejor que el pinbalero no conduzca, pues se quedará embobado mirando como
cambian las luces de los semáforos mientras pulsa las palancas del chorrito del
limpiaparabrisas y de las luces largas.
De no ser el pinbalero en cuestión un rico bastardo,
llegará la fase "¿A quien tengo que matar para conseguir el
dinero?". Esta fase es especialmente peligrosa para los amigos, la Extra de
Navidad y los ciegos que piden limosna por la calle. Con pocos o ningunos escrúpulos, el
pinbalero perturbado llegará a dejar de fumar, aparcará a la novia, venderá la abuela a
los tratantes de blancas, malvenderá su entrada para el final de la "champions"
e incluso llegará a ponerse a trabajar!!.
Reunidos los dineros puede llegar la fase llamada de
irrealidad o "¿por qué me voy a conformar con uno pudiendo
tener 235?". A parte de determinar fehacientemente que la enfermedad ya no
tiene remedio, en este momento los efectos alucinógenos que sufre el pinbalero se pueden
llegar a confundir con los por los provocados por el ácido o LSD.
Para prevenir consecuencias de carácter Penal, es mejor
que se le encierre en una institución psiquiátrica con tratamientos de chorros de agua
fría y evitando los de electrochock, nada de electricidad ni de lucecitas que le podrían
confundir mas. Hay que convencerle que con uno para empezar se tiene suficiente, que se
debe esperar a tener unos meses de experiencia para tomar la decisión de incorporar
nuevos miembros a la familia.
Otra de las fases que pueden aparecer es la de negación
o prudencia, "¿paraquecoño quiero yo un juguetito?".
Aunque parezca que la enfermedad remite, solo es una falsa sensación. Es el "Miedo a
conseguir lo que se desea" lo que afecta de esta forma al paciente. Quizás durante
unos días aparque su obsesión, la aísle en su cerebro junto con los capítulos de
"Los hombres de Harrenson", pero al igual que estos, bastará con oír la
musiquita característica para que la Fiebre vuelva a dominar su cuerpo. La Fiebre nunca
desaparece. Este miedo no es totalmente infundado, un pinball es una gran máquina, no es
como comprarse una video-consola, es más grande y requiere de un mantenimiento que
infunde terror a los no iniciados. Realmente el mantenimiento de un solo pinball no es muy
complicado, pero la gran cantidad de cables, bobinas y circuitos puede asustar a
cualquiera. El pinbalero es una persona valiente y sin complejos, se cree, y lo es, capaz
de cualquier cosa, no se deja influir por los comentarios pesimistas de los operadores y
técnicos "eto er mu difícil, habrá que cambiá too y eso no e barato".
La fase de "lokura total"
llega después de que el pinbalero haya ya decidido que pinball quiere, tenga el dinero y
haya contactado con el vendedor. Extremadamente dañina para la enfermedad, es la única
posibilidad de curación que queda. El pinbalero se enfrenta a los clásicos problemas de
logística. Si la operación se realiza entre particulares, estos problemas se acentúan.
Es cuando la cinta métrica y la paciencia de los vecinos se hacen imprescindibles. El
pinbalero medirá cada rincón de su casa y del edificio en el que vive aproximadamente
4,35 veces de media, se han dado casos de marcos de ascensor desmontados varias veces en
una sola semana y puertas quitadas de sus goznes en repetidas ocasiones. Se habla incluso
de un pinbalero que, para hacer las pruebas pertinentes de introducción, construyó un
pinball a tamaño real pero sin circuitería (incluso hizo unos dibujos con aerógrafo muy
logrados en el mueble) que luego rellenó con piedras para darle peso. Pero estos son
casos extremos, generalmente, aunque muy nerviosos, en esta fase son pacíficos, se
limitan a medir y a comerse las uñas.
Si se requiere de una compañía de transportes, llega
la fase "soy un parias y me están timando"
provocada por lo mal vistos que están los pinbaleros en el gremio. De hecho se de buena
tinta que ciertas compañías, como UPS o MRV, mantienen una lista negra con nombres de
conocidos pinbaleros y que se niegan sistemáticamente a transportar cualquier tipo de
paquete que se parezca sospechosamente a un pinball (dejaron de transportar féretros por
dicha razón, los pinbaleros llegan a ser muy ingeniosos).
Existe una fase, durante la cual el pinbalero puede
llegar a convertirse en un ser realmente peligroso y violento. La llamada "Mecagoensuputamadre" aparece si la operación resultara
fallida. Todo la tensión acumulada durante la fase de planing sería trasladada al objeto
o persona más próxima. Es un momento realmente triste y durante el cual es ideal que se
le ponga a su alcance aquellos objetos a los que se tienen un especial odio, como el
cenicero recuerdo de Torremolinos, o la reproducción a escala de la torre Eiffel que se
encuentra encima del televisor. Esta fase dura hasta que aparece una nueva oportunidad de
adquirir un pinball.
"Pero que he hecho yo para
merecerme esto" es una de las últimas fases y suele tener poca duración.
Abarca desde que el pinbalero recibe la llamada del vendedor confirmándole el envío
hasta que el pinball queda perfectamente instalado en el lugar de destino. Sin uñas ya,
el pinbalero en esta fase sufre un curioso fenómeno consistente en no ser capaz de
evaluar en su real medida los posibles problemas que puedan aparecer. O sea, que le parece
igual de grave no saber que propina es la adecuada para el transportista como que tenga
que subir 120 kilos a pulso veintidós pisos por que el pinball no cabe en el ascensor.
Por supuesto tampoco es capaz de encontrar las soluciones, sean sencillas o no. Fue muy
comentando en el mundillo el caso aquel del transportista que tuvo que arrear dos
soplamocos para calmar al pinbalero histérico por que era incapaz de quitarle el
capuchón al bolígrafo para firmar el resguardo. Para evitar este tipo de situaciones es
muy recomendable unas copitas de orujo y unos padrenuestros. No está de más que el
pinbalero se tatúe en el pecho el análisis previo de cómo se debe subir el pinball,
tiende a olvidar las soluciones pensadas con anterioridad.
"Gracias Dios mío!"
o fase religiosa es la llamada fase de contemplación y emoción. Una natural
consecuencia de meses de nervios y tensión es romperse a llorar cuando por fin se ve el
sueño cumplido. No se avergüence de esas lágrimas, querido pinbalero, todos aquellos
que hemos sido contagiados por la "Fiebre del Pinball" hemos pasado por ello, y
no nos cuesta, en círculos íntimos, reconocerlo. Esta fase dura de dos a tres horas,
durante las cuales el sufrido pinbalero se sitúa enfrente de la máquina y, en posición
de rodillas o fetal, contempla lo que a partir de ese momento marcará su existencia de
por vida: S u P i n b a l l.
Una de las últimas fases es "Jodida
máquina, te voy a fundir aunque sea lo último que haga". La consecuencia
más evidente es el incremento de la factura de la luz. La enfermedad está en pleno
apogeo, el dañado solo vive para jugar y limpiar su pinball, operaciones que alterna
durante todas sus horas libres y las que roba de sueño. La media de horas diarias empieza
con 5 horas durante la primera semana que va descendiendo según pasan los días,
estableciéndose en dos horas en el segundo mes. Durante esta fase puede reaparecer la de
"¿por qué me voy a conformar con uno pudiendo tener 235?",
aun es pronto para tomar esta decisión por tanto se debe aplicar las soluciones antes
mencionadas. El pinbalero es feliz, lleva una foto de su pinball en la cartera que enseña
hasta al conductor del autobús cuando le pilla con la guardia baja. En esta fase los más
perjudicados son los vendedores de repuestos que sufren técnicas de acoso y derribo a
base de llamadas telefónicas, e-mails y apariciones en directo, para defenderse los
dependientes suelen utilizar perros de presa y bolas oxidadas.
A partir de aquí, la tendencia habitual es que la
enfermedad remita, que no desaparezca. Como ya hemos dicho, la "Fiebre del
Pinball" no tiene cura, pero entra en una fase intermitente donde los efectos ya no
son tan evidentes, aun así, el pinbalero ya nunca volverá a ser el mismo, buscará
continuamente juntarse con los de su propia especie apelando a la necesidad de estar con
los iguales para intercambiar experiencias, vanagloriarse de las últimas conquistas y
comparar tamaños.
Después de reuniones de la manada, el virus puede
volverse mas violento, pero hay que confiar en la experiencia del pinbalero para controlar
la situación. Se han estudiado varios casos en los que el pinbalero ha conseguido llevar
una vida semi normal, pudiendo llegar a ver partidos de fútbol en la tele o ir de cañas
a un bar que no tuviera pinball.
Si usted, querido lector, no es un infectado por la
"Fiebre del Pinball" sino que es un damnificado familiar o amigo, y tiene algún
interés real en curar a su allegado, no pierda el tiempo con técnicas como el Yoga, el
Tai-Chi o la meditación Zen, se han demostrado completamente inútiles. Las drogas tipo
Prozac o Valium pueden crear la falsa sensación de que la enfermedad remite, no se
confíe, pronto dejarán de hacer efecto. Tampoco cometa el terrible error de cómprale un
pinball de los llamados de juguete, de imprudentes está lleno el cementerio. La única
forma, el único método que hasta ahora se ha demostrado efectivo, es ayudarle a
conseguir sus objetivos, hacerse su cómplice, ganarse su confianza. El enfermo se
encuentra con sus facultadas mentales mermadas, no puede pensar con claridad, debe usted
ayudarle. En próximos capítulos le mostraremos como puede usted apoyar a su ser querido
haciéndole ver la puta realidad que le espera. Ante todo, tenga fe...